

Los medios de comunicación se han dedicado con gran efectividad a informarnos de todo lo que ha ocurrido en el país hermano.


El gobierno de los Estados Unidos desplegó un nutrido contingente militar para organizar las operaciones de ayuda y evitar vandalismos, robos y violencias.


En catástrofes como esta una de las primeras preguntas que nos hacemos es dónde está Dios. No hemos tenido reparo en echar a Dios de las Escuelas, de los Hospitales, de las Cortes de Justicias, de los juegos escolares, incluso de nuestras fiestas- ya no se dice Feliz Navidad, sino Felices Fiestas- y ahora tenemos la desfachatez de preguntar ¿donde está? Lo hemos dejado circunscrito su nombre a ciertas ceremonias de juramentación, a ciertos recuerdos de la firma de la Constitución. Pero eso sí lo hemos colocado en el billete verde de dólar. Ese es ciertamente el único Dios en que creen muchos.

En lecturas fundamentalistas y tergiversadas que hemos hecho de la Biblia afirmamos que todas estas desgracias son hechos profetizados en la Escritura. Bastaría que leyéramos sin fanatismos los primeros capítulos del primer libro con detalle y reflexionando lo que nos dicen. En un diálogo entre la mujer y la serpiente se indica que serán como dioses si comen lo prohibido. En otro se pregunta a Caín dónde está su hermano. Hemos querido ser como dioses y nos hemos olvidado dónde vive y sufre nuestro hermano. No le pidamos cuentas a Dios. Demos respuesta a estas preguntas. No pretendamos ser dioses. Respondamos donde y como está nuestro hermano haitiano.
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